Cuando tenía 17 años, después de quemarme un triángulo de piel del antebrazo con una plancha durante mi primer intento de planchar, mi abuela me dijo que ella nunca planchaba. A mi gran sorpresa, nunca me había dado cuenta, ya que mi abuela siempre iba elegante. Entonces pensé: «¡Vaya, nunca más voy a planchar!».
Cuando tenía 17 años, después de quemarme un triángulo de piel del antebrazo con una plancha durante mi primer intento de planchar, mi abuela me dijo que ella nunca planchaba. A mi gran sorpresa, nunca me había dado cuenta, ya que mi abuela siempre iba elegante. Entonces pensé: «¡Vaya, nunca más voy a planchar!».
¿El secreto? Después del lavado, colocar cuidadosamente la ropa mojada en perchas, después de agitarla para eliminar las arrugas, y dejarla secar tal cual. Hay que espaciarla para que no se toque. Hay que poner un deshumidificador en la habitación para evitar problemas de humedad. No funciona con todo: la lana debe secarse en plano y, de todos modos, no necesita plancharse. Las camisas, en particular, no quedan impecables. Pero, bueno, ¡no pasa nada! Otra ventaja es que la ropa se estropea menos que con la secadora. Además, ¡es más ecológico!
Mi otra abuela, la paterna, planchaba todo, ¡incluso la ropa interior y los calcetines! Pensaba que así mataba las enfermedades. Como era española, la llamaba «plancha todo». Pasaba largas horas planchando, pero no quería que la ayudáramos. ¿Qué haría si no tuviera que hacer las tareas domésticas?













